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19 de marzo de 2011

MI SOLEDAD Y YO

Diez de la noche. Sentado frente a la lap top, dispuesto a escribir el próximo artículo para el periódico. Observo fijamente la página que debo completar con frases coherentes y comprensibles pero tengo la mente en blanco. Hoy no ha sido mi día.

Por la ventana, el aire débilmente sacude la carátula del proyecto que me atormentó toda la mañana. Los gastos no encajaban –quién sabe por qué- con las acciones planeadas. Estuve de mal humor. Casi no hablé con nadie. Llegó el almuerzo. Quise comer solo como siempre lo hago por simple gusto, pero a causa de una celebración especial en la oficina, tuve que salir con el grupo administrativo –guardando el protocolo y evitando así ser considerado un antisocial-.

Para sazonar un poco el hambre del medio día, el platillo a devorar demoró 20 minutos en posarse sobre la mesa. En ese ínterin, clavándome una daga en el corazón (figurativamente hablando), apareció la muchacha que inspira en mí un cariño especial que no puedo ni merezco concretar en algo más sólido, pues ya tiene enamorado. No cruzamos sílaba alguna. Tal vez sí lo pensamos, pero solo aplicamos la diplomacia juvenil: una sonrisa de candidato y un beso al aire juntando las mejillas. Así de fugaz fue el saludo que ni tiempo tuve para ver con quién estaba acompañada.

En lo que duró el almuerzo, me convertí en un espectador de la cháchara del grupo que, como era de esperarse, estaba basada en Chollywood. Tema de gran relevancia en la comida vespertina laboral.

El resto de la tarde transcurrió igual que la mañana. Ya eran casi las siete. Felizmente en las afueras me topé con Eulogio, el mensajero, el correcaminos. Le expliqué que debía llegar al otro lado de la cuidad a recoger un documento y no quería soplarme todo el tráfico de hora punta. Él, muy amable, me dio una jalada (a hitchhike, según los gringos). Eulogio me dejó cerca a mi destino. Le agradecí y prometí que algún día se lo pagaría. (Si reuniera todos esos días de favores por devolver, con holgura formaría un calendario bisiesto).

Ya con el documento en la mano, uno de los tantos certificados que se añadirá a mi hoja de vida con miras a conseguir un mejor empleo, me dirigí al paradero o, bueno, a lo que se le asemejaba. Al caminar fui pensando en lo frustrado que me siento por no tener la ocupación anhelada. ¿Qué estaré pagando?, me interrogo. Este pensamiento se ha vuelto recurrente desde los últimos tres meses. Muchas personas que conozco están logrando mejores escalas remunerativas y responsabilidades acorde a sus capacidades, y ¿yo?, aún no tengo las agallas para dejarlo todo y emprender mi sueño. Lo postergo esperando a que el azar ponga su granito de arena.

Divagando de esta manera, cabizbajo y con la atención en las nebulosas tormentosas de mi cerebro, casi rocé un esbelto cuerpo que se cruzó delante de mí. Sus sandalias grecorromanas despertaron mi interés. Seguí subiendo la mirada y me detuve en su lindo vestido floreado ceñido al cuerpo. Creo que eran lirios de colores. Rápidamente ella volteó y pude descubrir su rostro ovalado, enmarcado por unos mechones de pelo castaño que se deslizaban por el viento. Ella sonrío y giró al escuchar el llamado del cobrador de la combi que se acercaba. Trató de avanzar pero se contuvo. Quise comentarle que me gustaban sus sandalias. No lo hice. En ese momento advertí que debía tomar el siguiente vehículo de la fila. Sentado, la contemplé en los últimos 10 segundos antes que el semáforo pasara a verde. Ella no volteó más.

Mientras viajaba quedé lelo analizando mi soledad, la que me provoca soñar con algo que no tengo. La que me acompaña en mis noches capitalinas. La que me hace añorar las caras conocidas con las que crecí. La que me hace escribir para no sentirme solo y alcanzar mi meta, aunque siga siendo un pusilánime.