4 de abril de 2011

SU MIRADA

Pura, inocente y cándida, así es su mirada. Anonadado, extasiado e hipnotizado quedo yo al contemplarla. Sin duda, después de un período de letargo existencial, mi corazón recobró su esplendor y ahora rutila al compás de risas y silencios de una mirada fugaz pero a la vez perecedera. Cercana pero distante. Casi mía pero al mismo tiempo ajena. Contemplarla me envuelve en una burbuja que torna etérea mi presencia en la conversación. Preguntas retóricas y redundantes prolongan el tiempo en el que ella, dejando de lado su vida ligada al hombre que ama, osa involucrarme en el mundo donde lo imposible se hace factible.

Así es ella. Su mirada. Detrás de esos anteojos dibujados a la perfección para resaltar sus facciones. Y protegidos por esos cristales que resguardan el ingreso a la habitación de su majestad donde yace lo más valioso de sí: su belleza.

Color caramelo son sus ojos que reverberan rítmicamente cuando el sol, cual caballero de honor genuflexo ante su reina, prodiga sus rayos acariciando esas dos esferas iridiscentes que enceguecen mi caminar.

Color caramelo son sus ojos al igual que sus cabellos mecidos traviesamente por el viento al describirme las costumbres y leyendas de la ciudad donde creció. Donde su ingenua figura pueril tomó la forma curvilínea que ahora absorta mi percepción. Líneas sinuosas que se trasladan delante mío, cobrando relevancia para advertirme que son propiedad privada.

Tan privadas como mis deseos de ser el héroe de sus sueños. Tan privadas como mis ganas de besarla. Tan privadas como el impulso de decirle que… Decirle que siempre estaré ahí para ella como su amigo.

Un amigo incondicional, aquel de las películas que le agradan, muchas veces vista con su amado, en donde el febril confidente tiene que reprimir las ganas de coger la mano de su amor platónico para decirle lo mucho que la aprecia e implorarle la oportunidad de ser más que un amigo.

Un amigo, aunque no me conforme con eso, que solo goce de su compañía una hora diaria compartiendo con ella el almuerzo. Departiendo una deliciosa conversación de sobre mesa (estudiada a fondo como una entrevista estructura para un trabajo de investigación) tan efímera como los cinco segundos que le toman decirme “Buenos días” al llegar a trabajar.

Una conversación que culmina con un certero golpe en el pecho asestado no por la penitencia que llevo a cuestas, sino por el punzante vibrar de su teléfono celular al recibir la llamada de su amado, susurrándole frases cariñosas al oído.

“Bueno amigo, gracias por tu compañía”, son las palabras que sentencian mi pesar cuando esa hora cotidiana se termina. Tu mirada tierna, casi maternal, en ese instante, refugia mi sentir en el sótano del olvido. Esa mirada que busco con insaciable ímpetu al amanecer, difumina un halo de sencillez al retirarse y decirme “nos vemos mañana. Cuídate”.


En homenaje a un ser especial que conocí en junio de 2009.